viernes, 21 de marzo de 2008

Perlas eyaculadas


Cuando salí de Cuba...el el pito se me caía a cachos, pero eso era lo que me permitía recordar que todo lo que había sucedido allá era real, no una cinta de vídeo guarra que había visto en casa un sábado por la noche después de chuparme un litro de clarete y fumarme un par de trompetas de hachís (mi plan habitual para los fines de semana, antes de hacer el viajecito al Caribe).
Ya en el avión, como subí ya algo perjudicado por culpa de los mojitos, me quedé frito apenas este despegó, y cuando desperté estaba empapado en sudor. Me levanté a duras penas y fui hasta el baño, a cambiarle de agua al canario, y este apareció despeluchado y dando el cantazo, con la cabeza llena de unos grumos blanquecinos.
-Ay, dios, lo que me faltaba, que me han pegado alguna mierda- pensé, y lo cierto es que durante toda la semana siguiente, ya en Pamplona, tuve fiebre, y me pasé los días en la cama, tiritando y tirándome unos pedos que olían a ropavieja y frijoles. Y por supuesto, pelándomela como un macaco, hasta convertir las sábanas en puro cartón.
De ese modo, poco a poco, mis recuerdos se fueron difuminando en medio de aquella niebla, y lo único que quedó, una vez que se pasó la tiritona, fue una especie de barniz lechoso que me cubría el glande y que despedía un olor agridulce en el que yo reconocía el de los jugos vaginales de Janis.
Decidí, por ello, no curarme la candidiasis (o lo que fuera aquello), y disparar con aquel cañón oxidado todas las noches una salva de esperma en su honor.
Por lo demás, volví a trabajar, una vez recuperado, y desde el primer día todo volvió ser como antes, la ciudad me tragó, me invisibilizó y me incorporó a su mecanismo, gris y apisonador, que reducía todo a la normalidad y el aburrimiento... Aquello era una de las cosas que me gustaba de ser barrendero, que podías ver toda la mierda que la ciudad escondía debajo de la alfombra: las parejas jóvenes, retirándose al amanecer de los parques después de haberse pegado el lote o como mucho haberse pajeado mutuamente (echar un polvo exigía un recorrido mucho más largo, meses y meses de noviazgo, antes de una escapadita al camping de Zarauz o un apartamento alquilado a escondidas en Salou); los cachorros de los peteuves (pamploneses de toda la vida), saliendo cocidos de los bares pijos , rompiendo vasos de cubatas contra las paredes y abrazados a un travelo; sus padres, bajando poco después a comprar el Diario de Navarra para leer en él que los punkis, los macarras, "los de siempre", se meaban en los cajeros del casco viejo -si no les daba por quemarlos- o le habían gritado puta y leprosa a la Virgen en una procesión; los guardaespaldas, paseándose con la riñonera en la que maldisimulaban su pipa delante de los portales de algún político...
Todo seguía igual, lo único que había cambiado era que ahora en uno de aquellos portales, en el que yo solía hacer un alto para echarme un cigarrico con el portero -un compañero de los escolapios- a este lo había sustituido una chica que me ponía a cien, cada mañana, cuando pasaba a su lado, y la veía fregar los escalones de entrada, meneando un culo como un flan de gelatina o enseñándome el escote, en el que dos tetas cabrunas se balanceaban y chocaban entre sí.
Aquello me alegraba la mañana, era cierto, pero echaba de menos a mi amigo, que ahora se había hecho famoso, pues había ganado un concurso de cuentachistes en uno de aquellos pioneros programas basura de la tele. Todo el mundo hablaba de él ahora en Pamplona, todos reconocían su talento y tenían un colega que lo conocía, o una prima que había sido su novia... pero lo cierto era que cuando yo me paraba a hablar con él, a nadie le hacía gracia, nadie le hacía ni puto caso, excepto las vecinas, y eso únicamente para que sacara la basura o les subiera la compra a casa.
-Pero una vez que entro -decía mi amigo -, bien que cierran la puerta y dejan de mirarme por encima del hombro. ¡De rodillas, se me ponen, las muy putas, y me suplican que me las folle!
Yo, al principio pensaba que el pobre infeliz se consolaba con esas fantasías, pero un día que estaba fumando en el portal una señora pasó junto a nosotros y me hizo un escaneo de arriba a abajo, sin ningún disimulo. No le di importancia, porque ya estaba a costumbrado a que por la calle meapilas como ella miraran, con un gesto de desaprobación, mis pantalones pitillo, la chupa de cuero con cremalleras, la melena que me llegaba hasta el culo...
Aquella vez, sin embargo, a la mañana siguiente, mi amigo me dijo, guiñándome un ojo:
-¿Te acuerdas de la señora de ayer? Me preguntó si no te importaría subirle hoy tú las bolsas del Eroski.
La verdad era que la señora no estaba nada mal: unos cuarenta años, melenita rubia, elegante... Quizás el culo comenzaba a pendulearle, pero no era nada que no solucionara un vaquero ajustado (y de marca, claro)... Así que no me pareció mal la idea de hacerle un recado.
Subí hasta su piso, llamé al timbre y ella salió a recibirme con una recatada bata.
-Ah, la compra, pase, pase- dijo, sin inmutarse. Me molestó un poco que diera por sentado que yo aceptaría la invitación, pero me olvidé pronto, porque apenas recorrimos unos metros de pasillo, ella se volvió hacia mí y me estampó un repentino beso de tornillo, al tiempo que me echaba mano al paquete. Después, me separó bruscamente, con un empujón y se abrió la bata. Llevaba puesto un body con encajes, de color champán y cordeles negros y rosas. La señora, entonces, me encañonó con la mirada y dio un paso hacia mí, dispuesta a convertirme en su muñeco de carne. A mí, en otra circunstancia no me habría importado que hiciera conmigo lo que quisiera, pero me salió el orgullo obrero, sobre todo al ver en una pared una foto del que, supongo, era su marido, un conocido político bastante fachilla y trucho perdido, según decía la rumorología popular y yo mismo había podido comprobar, al verlo en alguna ocasión, mientras barría, saliendo de un conocido bar de ambiente, con la pluma totalemnte desbocada. Eso en realidad me daba lo mismo, lo que me enervaba era que aquel tipo había sido consejero de industria justo cuando cerraron una fábrica en la que yo trabajaba antes de ser barrendero y él no había movido un dedo para evitar que 200 currelas nos quedáramos en la puta calle.
Así que no iba a dejar que ahora fuera su mujer la que me jodiera, la que me usara como un trapo con el que sacar brillo a su expendiente. Claro que, a esas alturas, tampoco iba a quedarme sin untar el churro (con lo complicado que estaba). La agarré, pues, bruscamente por la cintura, la coloqué a cuatro patas y me bajé la cremallera del buzo. Escupí un par de veces en sus nalgas. Eran grandes y redondas, de un color lechoso y no pude resistirme a darle un par de chapadas. Las marcas de mis dedos se dibujaron sobre ellas perfectamente. Me puse a cien. Le arranqué el body con rabia, desgarrándolo. Debía de valer lo que yo ganaba en una semana. "Que se joda", pensé, pero después pasé la palma de mis manos entre sus piernas y comprobé que no le importaba mucho. Al contrario, el chocho se le había hecho kalimotxo. Acerqué mi boca a él y bebí a morro, durante casi un minuto. Después, una vez saciado, me aparté y comencé a follármela, prácticamente subido a su grupa.
-Sí, sí, dispara, méteme la metralleta hasta el fondo, ¿te gusta mi zulo, hijoputa? Vamos, terrorista cabrón, dispara si tienes huevos, aquí tienes mi nuca, vamos dispárame- comenzó a gritar.
Yo, al principio, me quedé algo desconcertado, pero luego también me monté mi propia película, me la follé a mala hostia, clavándole mis caderas puntiagudas como si cada empujón pudiera pinchar el globo, reluciente y brillante, por fuera y relleno de mierda y de un aire viciado e irrespirable en que que todos aquellos fachas nos hacían vivir, en esta ciudad mojigata y cabrona, donde todo funcionaba a base de enchufes y chantajes: ¿estás con nosotros, o eres un violento, un macarra, uno de "los de siempre"..?. Ese era su argumento.
-¡Radical, abertzale de mierda!- gritaba, por ejemplo, la señora, cada vez que yo le daba un meneo. O, cuando le azotaba con saña en aquel culo lechoso:
-Más fuerte, proetarra.
Al final la rematé como ella me había pedido, un poco asqueado ya de toda aquella historia, levantando su melenita y vaciando todo el cargador de mis testículos sobre su cuello y sus putos pendientes de perla...
-Y ahora me voy, tengo que seguir limpiando basura- dije, antes de salir de su casa, muy digno, pero en realidad estaba un poco acojonado, toda aquella historia era muy rara, no me gustaba, y durante unos días estuve evitando a mi amigo, el portero, y cruzándome a la otra acera cuando veía a los guardaespaldas, preparándose tiritos de farlopa sobre los capós de los coches oficiales.
Pero se me pasó pronto. Aquel fue el único polvo que eché en muchos meses. Dejé de salir, de ir los fines de semana con mis colegas a los bares "jevis", porque aquello era peor que un convento, las chicas de los demás eran intocables, y para comerse algo la única opción era emparejarse con alguna chica que acabaría convirtiéndose en la madre de tus hijos, matriculándolos en un colegio del opus y pidiéndote que te cortaras el pelo y bajaras la música del tocadiscos.
Además, ya apenas nos salían bolos para el grupo (verte encima del escenario siempre ponía canchonda a alguna fan) porque nosotros, que éramos más de Iron Maiden, nos habíamos quedado desfasados, con tanto hardcore, punk rock, trash-metal y tanta hostia moderna...
El caso es que al cabo de unas semanas de abstinencia, volví a estar más salido que un balcón, y de nuevo volví a fumar cigarrillos con mi amigo, obsesionado con follarme a la señora con un pasamontañas o metiéndole una pistola de plástico por el chumino.
Nunca pude realizar aquella fantasía, y por eso me dio bastante bajón, al volver de Cuba, ver que mi amigo se había convertido en el nuevo Arévalo y en la portería la había sustituido aquella chica con el culo temblón y tetas de cabritilla, con la que algunas semanas más tarde, sin embargo, tendría un aquí te pillo, aquí te mato, en el cuarto de las escobas. Fue lo más emocionante que me pasó durante muchos meses, hasta que poco antes de los sanfermines recibiera un paquete procedente de Alemania, con una copia de Mcpolla, la peli porno que había rodado (y no había sido un sueño) en La Habana .

4 comentarios:

Gicagdo Toro Lija dijo...

eres un guaggillo proetagga xD brillante patxi

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

tiene la piel perfecta, sin arrugas....

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